Zinedine Zidane, el último pensador

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Zinedine Zidane es el nombre de una leyenda, los versos de un poema harto de esteticismo, la estela de lo clásico, la más sobria elegancia, que no levanta ruido al pasar pero deja en el recuerdo la imagen grabada de la grandeza. Sus paseos por el césped todavía nos vienen a la memoria, la elegancia más absoluta, el contoneo de la sencillez. Esta es la historia de un futbolista que dejó huella en la historia del fútbol.

Sus primeros acercamientos a este deporte fueron en su infancia, de la mano de su padre, las tardes de domingo viendo al Olympique en el Velodrome, allí descubrió a un jugador que llevaba otro ritmo, se movía de manera diferente y parecía que jugaba con un balón distinto, la clase y la elegancia de las botas de Enzo Francescoli maravilló al joven Zizou, y marcó su manera de ver el fútbol, aunque como buen francés siempre vio el fútbol bajo la figura del ídolo nacional Michael Platini, el 10.

Sus primeros pasos los dio en el Cannes, a nivel nacional llamó la atención y el Bourdeux acudió a ficharlo, en Francia era ya una estrella y los italianos supieron verlo, la Juventus lo fichó en 1996 y allí Zidane comenzó a ser una estrella a nivel internacional, su progresión crecía hasta el verano del 98 dónde dio el primer paso para ser una leyenda coronándose capeón del Mundo en su propia casa. En aquel mundial el capitán era Deschamps, y los goles los metía Henry, pero el cerebro era Zidane, a sus 26 años era la fuente de juego de la selección gala. Allí comenzó a volar el espíritu, a separarse la figura humana del jugador brillante con calva de fraile, del mito divino para la historia.

Su figura siguió creciendo y en 2001 llegó a España, al club más grande, el Real Madrid. Cuando se unen dos colosos saltan chispas, el fruto es el éxito, y así fue, Zidane nos regaló cinco años de su vida, cuatro temporadas de su fútbol y un regalo para la memoria, el regalo de la estela que dejó al pasar por el Bernabéu, el caminar de una leyenda, como una deidad no dejaba huella en el césped, caminaba por encima del terreno de juego y miraba por encima de los demás, un auténtico genio que pensaba más rápido que nadie y ejecutaba con la pausa única de su bota.

Fue el último, sin él el fútbol cerró una etapa, tras su marcha todo se volvió rápido, enérgico y precipitado, el fútbol tenía prisa y ya no estaba Zidane para pausarlo. La Premier se convirtió en la Liga de referencia, y su fútbol, rápido y precipitado dominó en el contexto internacional, quién sabe, quizá algún día podamos volver a maravillarnos con la paciencia y la elegancia que un día nos dejó Zizou.

Como buen ‘bleu’ portó el 10 nacional, el de Platini, como buen francés ayudó a expandir las señas de identidad galas por todo el mundo. En su persona se junta la fusión más pura del conocimiento francés, la historia del arte se encarnó en este humilde futbolista, en la imagen de Zidane, el logo, la leyenda. Con su físico rememoraba a la escuela cluniacense, el conocimiento más puro de la cultura durante la Edad Media la sabiduría que influirá en la ola renacentista, la fuente de todo el saber continental, salido de los conventos del mapa francés. Pero no sólo eso, su estilo de fútbol, su manera de pensar nos reflejó la tranquilidad interior, la purificación de una cabeza que iba a un ritmo distinto al de los demás.

En el césped su idea era anterior a todo, pensaba antes que nadie, para luego ejecutar, darle vida al balón con una pausa y elegancia que inspiraba saber estar, era un alma de pensamiento profundo, y ahí es donde entra Rodin. Zidane mató el bronce, ‘El pensador’ es la obra de arte más importante del arte moderno, la escultura de Augusto Rodin quiso reflejar a Dante ante las Puertas del Infierno, es la obra más emblemática que nos queda de él, Rodin es el gran escultor del siglo XIX, desde el Renacimiento nadie logró reunir la belleza que logró el escultor francés. La gran virtud de Augusto Rodin está en que supo captar el movimiento, parar las situaciones cotidianas, imaginar la pausa. Y Zidane es su más fiel discípulo, con su fútbol el movimiento se paraba, las voces se callaban, y el arte cobraba vida,’ El pensador’ abandonó su efigie en París para galopar por el césped de Europa, ver la obra de arte de Rodin, la obra más importante del arte moderno caminar por el césped del Bernabéu fue una oda al fútbol. Zidane, el pensador, se plantó ante las puertas del Olimpo.

Hay muchos jugadores brillantes pero al Olimpo pasan sólo unos pocos, ahí es dónde entrar los detalles, como la leyenda cristiana habla de San Pedro repasando el currículum a las puertas del Cielo, se corroborará el historial de Zinedine Zdiane para entrar en el Olimpo. Los detalles son lo que diferencian a una estrella de un mito. Y Glasgow es el escenario. Por su trascendencia, por lo que significaba y por la magnitud del acontecimiento es ya historia viva del fútbol. Allí Zidane dejó de ser mortal para convertirse en leyenda.

Y la leyenda no acabaría ahí, el final de la estrella y el comienzo del recuerdo fue doloroso pero especial. No sé si lo recuerdan, pero fue único. Todo el mundo preparaba el adiós a Zidane, sabíamos que era su último día y era una final de un Mundial, no existe acontecimiento mayor en el mundo del fútbol. Era la prórroga y el partido estaba empatado, entonces ocurrió aquello. El juego se paró, Buffon corría a la banda, la multitud se agolpaba en el campo, Zidane se alejaba sólo, el caos se apoderaba de nuestras pantallas ¿Qué había pasado? Las primeras repeticiones llegaron. Lo vimos, y la mayoría pensamos en el trágico final, en una despedida apoteósica y apocalíptica, como si ya estuviera escrito, era un final feo pero era un gran final. La tragedia no podía ser mayor, Zidane era el villano pero no podía morir, queríamos absolverlo, necesitábamos un Poncio Pilatos. Entonces vimos a Horacio Elizondo dubitativo, parecía que lo iba a dejar pasar, pero su asistente le avisó de lo que había ocurrido, la tarjeta en lo alto, el horizonte visible, el rojo del final, Zidane se iba para nunca más volver.

En ese instante en que Materazzi mató el arte, el pensador volvió a su estatua en París, encerrado en el bronce, la cabeza se paró, el brillo se fue y Zidane se convirtió en humano, el pensador se fue de su espíritu y el jugador de fútbol salió del terreno de juego paso a paso dejando la huellas que confirmaban, aunque muchos lo dudaban, que realmente sí era humano.

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