El niño prodigio

Se ha extendido por el fútbol actual la costumbre de nombrar joven promesa a todo aquel jugador de corte casi adolescente (o sin el casi) que surge en la Liga. En muchos casos prima la novedad por encima del verdadero talento o potencial del chaval. Otras veces, sin embargo, esos imberbes novatos se transforman en verdaderos iconos, mitos que colaboran agrandando la historia de este deporte.

Fernando Torres entró a formar parte de ese selecto grupo de héroes el 29 de junio de 2008. En aquella calurosa noche veraniega, el de Fuenlabrada derribó dos muros. Uno colectivo, que mantenía a España alejada de la gloria futbolística, y uno personal, el cual le impedía ser considerado por muchos la realidad que es hoy, uno de los mejores delanteros del mundo. Su gol frente Alemania en la final de la ya histórica Eurocopa de Austria y Suiza será recordado durante décadas.

Hasta aquel mágico momento, ‘el niño’ había tenido que sufrir todo tipo de insultos y desprecios. Además del ya clásico símil con una escopeta de feria, se le achacó inmadurez por su supuesto desacierto en las grandes citas y se le etiquetó como un jugador irregular, inconsistente, sin la determinación de los grandes y con una influencia insuficiente en el equipo.

Gran culpa de este martirio la tuvo sufrir en sus propias carnes los peores años de la historia rojiblanca. Con tan solo 16 años, Torres debutó en un Atlético de Madrid hundido en Segunda División. Corría la temporada 2000/01 y a pesar de ser tan solo un crío, la afición lo erigió como el salvador de la causa colchonera. Una presión y una responsabilidad que según muchos pesaron como una fuerte carga durante su etapa rojiblanca. Cada temporada se le exigía aún más a un futbolista en formación, como si de una estrella consagrada se tratase. Sus números, a pesar de ser excepcionales para un chaval de apenas 20 años, eran devaluados y considerados insuficientes.

Entonces apareció Liverpool. Inglaterra. Un país, un equipo y una liga extranjera llamaban a su puerta por medio de un compatriota, Rafa Benítez. Un cambio de aires que el delantero no tenía demasiado claro. Cuentan las malas lenguas que fue aquella deshonrosa derrota frente al Barcelona en el Calderón, por 0-6, la que convenció definitivamente al niño. No podía continuar ni un minuto más en el club del Manzanares. Su relación era infructuosa. Como él mismo contó en su despedida, no se beneficiaban ni él, en constante presión y juicio, ni el equipo, con ‘Torresdependencia’.

En la ciudad de los Beatles, el niño se convirtió en prodigio. Los malos agoreros no tardaron en inventar los cuentos chinos sobre la adaptación, el cambio de sistema y de juego. Chorradas que el propio Torres desmontó al ser nombrado mejor debutante en la historia de la Premier League. Con 24 goles en 33 partidos, en la temporada 2007/08 tan solo un sobrenatural Cristiano Ronaldo le hizo sombra como máximo goleador del campeonato. Había nacido una leyenda. The Kid, Fernando Torres, Liverpool’s number nine.

Tras un año ensombrecido por las lesiones, esta campaña el delantero ha recuperado el ritmo y la efectividad que le encumbró en su debut como red. 13 goles en tan solo 17 partidos completan sus estadísticas. Meritorias teniendo en cuenta la crisis de juego y resultados que sufren los de Anfield Road. Para desgracia de Benítez, el calvario de las lesiones volvió a privarle de su ‘nueve’ durante los momentos más críticos de la temporada. No obstante, Torres ha vuelto. The Kop vuelve a rugir.

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