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Robert Enke, un arquero de triunfo y calvario

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El 10 de noviembre de 2009 el fútbol estuvo de luto. Robert Enke, exguardameta alemán que sufría una fuerte depresión, decidió que su destino estaba sellado en manos de su propia mente y que su último día lo pasaría en las afueras de un pequeño poblado llamado Himmelreich. Allí, el torturado futbolista permaneció hasta su último suspiro, acostado en las vías del tren con la determinación de un lobo que abandona su manada y con la esperanza de que todo fuese un sueño.

Minutos antes de su lecho de muerte, el para entonces arquero del Hannover 96 había pautado una reunión de entrevista con algunos periodistas locales, sin embargo, poco le importó. Condujo hasta aquel sector cuyo nombre simbólico quizá le haya parecido significativo: Reino del cielo.

Estacionó su Mercedes 4x4 blanco en un terreno vacío y ni siquiera se preocupó por cerrar la puerta ni bajar la llave y su billetera. Como si una fuerza mayor se hubiese apoderado de él, Enke caminó un buen rato por la hierba alta, seguramente pensando en la tragedia que minutos después iba a suceder.

Lo único que se supo en las horas siguientes fueron teorías de prensa que solo auguraban lo peor. Sin embargo, una declaración oficial fue más que suficiente para que el mundo se estremeciera. "Robert se suicidó esta tarde. Es lo único que puedo confirmarles", comentó a medios alemanes Jorg Neblung, amigo y asesor del fallecido guardameta.

Para ser un portero, solo se tiene que saber una cosa: tarde o temprano serás fusilado. Para poder morir, solo se tiene que estar vivo. La muerte de Robert Enke dejó mil y un incógnitas. Su metodología para el suicidio, de por sí un tanto extravagante, llegó con un plus adicional: estaba pasando por un extraordinario momento y a un año de resguardar el arco de Alemania en el Mundial de Sudafrica 2010.

En lo futbolístico, el entorno que rodeaba a Enke era favorable. Aunque odiaba la presión, desde los ocho años solo pensaba en atajar balones. Su debut como profesional fue en 1995, costeando la portería del Jena, un club de su localidad. Sin embargo, sus dotes bajo los tres palos se hicieron notar y cuatro años después, fue trasladado al Borussia Mönchengladbach, donde tuvo varios años de regularidad, hasta que su destino le fue abriendo el camino rumbo a Portugal, con los colores del Benfica. En Lisboa compró una casa, a la que siempre regresaría como sitio favorito.

Aunque disfrutaba de la ciudad, no es un secreto para nadie que el paso del peculiar portero por Benfica estuvo plagado de problemas internos con el club. Tuvo tres entrenadores en un año y su desempeño como jugador fue disminuyendo.

Foto: https://www.fcbarcelona.es

En 2002, desde España, una oferta tentadora llegó a oídos de Enke. Barcelona, la ciudad que en cuanto a fútbol, se le compara con Las Vegas, una vez allí, no todos sobreviven. “Ninguna posición en el fútbol es tan exigente como la de portero del Barcelona”, comentó tiempo después a medios españoles el exguardameta.

Ronald Reng, amigo muy cercano del arquero, escribió en su libro Una vida demasiado corta que fue en Barcelona donde Robert sufrió de las más duras depresiones, el origen de su suicidio yace de lo que pasó en territorio español.

Como si de un joven prospecto se tratase, la banca era su lugar de trabajo. El sentimental arquero fue casi siempre suplente y no entendía la razón. “¿Por qué el público aplaudía como loco cuando Valdés detenía un balón sencillo y él no dejaba de recibir los reproches de los técnicos?”, se pregunta Reng.

El 11 de septiembre de 2002, en un partido de Copa del Rey ante el Novelda CF, un equipo de tercera división, Enke salió de titular, pero para su infortunio, fue uno de esos días en los que llueve cuando quieres lavar tu coche. El marcador culminaría 3-2 a favor del conjunto en ascenso y fue al portero barcelonista a quien se le atribuyó la derrota.

¿Fueron estos acontecimientos razones para Enke de suicidarse? Es imposible saberlo, pero Reng asegura que en Catalunya “Enke no tenía ni un solo amigo, se aferró a la idea de que todo iba en su contra y le llegaban rumores de que Valdés era titular por ser catalán”.

“Barcelona te consagra o te aniquila”, escribió Juan Villoro en su libro Balón Dividido, haciendo referencia a Enke. Obstinado de las burlas y los reproches, el ingenuo cancerbero se marchó de la ciudad del pecado en el fútbol y se instaló en Turquía, donde fue acogido por el Fenerbahçe, equipo en el que jugó un año sin mucho brillo, para luego pasar a jugar en la isla atlántica de Tenerife, en la segunda división española. Allí, como era de esperar, triunfó, pero su comodidad no fue la mejor; sabía que estaba para más.

Con el temple por las nubes y la confianza un tanto recobrada, el alemán recibió una segunda oportunidad de volver a su país natal, el Hannover 96 sería su destino; literalmente, su último club.

“La experiencia es la gran aliada de los porteros y Robert Enke demostró que merecía un segundo acto; a partir de los treinta años transmiten una seguridad que no siempre tienen cuando son novatos”, escribió Villoro.

La vida del emigrado futbolista siempre fue un altiplano de emociones, en el que cuando parece que todo marcha de maravilla, el cielo se nubla. En 2005, jugando para el Hannover, recibió de la revista Kicker el premio al mejor guardameta de Alemania, esto le dio más regularidad y ánimos, pero un año más tarde, la vida le planteó otro problema existencial: la muerte de su hija.

En 2006, cuando todo parecía pasar del calvario a la serenidad, Lara, su hija de dos años de edad, que sufría de problemas cardiacos y respiratorios, falleció en un hospital de la ciudad de Hannover. Enke, que minutos antes había llegado de un entrenamiento, decidió que era buena idea acostarse a dormir; no se perdonó nunca que su progenitora muriese mientras él descansaba.

Al día siguiente, con los ojos llorosos y con supuesta responsabilidad culposa, el para ese entonces número uno de Alemania se desplomó por dentro. Aunque físicamente parecía estar bien, su integridad emocional pasó a otro nivel, uno donde el suicidio no es una locura, sino un paso hacia la tranquilidad.

Con motivo de evitar la tragedia que luego fuera inminente, Teresa, su esposa, lo acompañó en su determinación de adoptar a Leila, una niña de la misma edad de su fallecida hija. Con esto, su mundo pareció dar vueltas, luego de mucho, una sonrisa se plasmó en su rostro, pero con el tiempo, la agonía volvió a apoderarse de su mente, debido a su temor a perder la potestad de su hija por sus problemas depresivos.

Foto: fifa.com

Coleccionista de momentos incómodos, Enke comenzó a tomar antidepresivos y cuidaba en demasía sus reacciones y palabras ante la prensa. Su nerviosismo se reflejaba en su temblorosa mano, al momento dar alguna indicación. Se cuestionaba con la misma certeza de una madre que regaña a su hijo por llegar tarde a casa.

De manera curiosa en su destino, en el 2009 la presión volvió a llegar, pero en este caso, sus motivos, de manera extraña, serían sus logros profesionales. La selección teutona, dirigida por el frío y calculador Joachim Low, buscaba un arquero de rigurosa confianza, que desembocara poder en sus salidas y comandara al equipo desde la patada de reanudación; Robert era ese sujeto. Si no hubiese tenido la presión de jugar el Mundial para Alemania, probablemente hubiese estado más sereno.

¿Qué hacen los alemanes ante la depresión? “Las mujeres buscan ayuda, los hombres mueren”, responde el doctor Georg Fiedler, director del Centro de Terapia para Tendencias Suicidas de la Clínica Universitaria de Eppendor, en Hamburgo, al escritor Juan Villoro en su investigación.

El 10 de noviembre del 2009, los planetas se alinearon y bajo un cielo oscuro, el atormentado Robert Enke salió de su casa poco antes de las 6:00 de la mañana, se dirigió con rigurosa osadía hacia Himmelreich, donde el exprés 4427, que hacía la ruta Hannover-Bremen solía pasar. El inolvidable arquero creyó que era buena idea salir a dar un paseo con un tren aproximándose hacia su persona; su cuerpo se desmoronó al instante, pero su corazón se mantuvo latente. Desde el otro mundo, Enke se mantiene despierto, vigilando que sus colegas atajen triunfos como balones y disfrutando de una vida que debido a su triunfo y calvario, jamás pudo gozar.

Twitter: @Mojtro

 
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